
No hay nada para realzar una exposición de fotografías que se precie que la edición de un catálogo. Y no solo realzar en el momento presente; también hacer perdurar lo que se vio o se colgó pero no se pudo ver.
Habría que hacer un esfuerzo. Y si no fuera posible hacer un catálogo en condiciones, que hubiera acceso a libros sobre el autor.
A mi me gustan los libros de fotografía y especialmente los que corresponden a exposiciones que he tenido la suerte de ver. Estos son especiales, forman parte de mi y comparten mis emociones.
Luego llega uno a casa y repasa las fotos vistas y vuelve a disfrutar. Y como le ponemos voluntad, nos vamos a leer los textos que acompañan ese catálogo, que en los de tronío son varios.
El primero suele ser del Jefe de la Entidad que paga el festín. Tiene todo el derecho del mundo, que para algo paga y mucho para que nosotros disfrutemos. Normalmente es un texto corto, de esos llamados institucionales, que rara vez se libra de poner alguna cita ilustre o algún pensamiento robado que le va bien al tema pero que descubre que el Jefe de la Entidad ha firmado el texto de otro.
El segundo suele ser el del Comisario de la exposición. Suelen ser agradables porque no pecan de eruditos y explican de una manera no demasiado críptica el por qué de las cosas. El origen y el desarrollo; y a veces alguna anécdota.
Lo malo es cuando a la exposición y subsiguiente catálogo se le quiere dar más profundidad. Entonces, como queda algo del presupuesto le encargan a algún experto de pago que escriba algo. Y el tipo, que se quiere lucir o cobra a tanto la palabra, nos suelta un tocho lleno de citas y recitas, de llamadas a otros eruditos, sabios o pedantes y desarrolla dos o tres ideas de la forma más obtusa posible, con la esperanza de que dejes de leer en el segundo párrafo y no te des cuenta de que aquello es un refrito con aceite usado.
¿Y qué?, bueno, pues nada. Unas páginas de más que dan cuerpo al catálogo y una sensación de que no estás a la altura como espectador o visitante de un arte tan grande como es la fotografía. Que no cunda el pánico, siempre nos queda la figura del aficionado que encubre todas las carencias pasadas, presentes y futuras.
Pero que no dejen de publicar catálogos, por favor.