
Televisivamente hablando, que es de lo único que puedo hablar yo, el atletismo es un deporte agradecido. Las pruebas se suceden con rapidez y siempre está pasando algo. Así que cuando puedo y me entero, lo veo con gusto.
Muchas veces he visto y admirado sin remedio, a Blanka Vlasic la actual reina del salto de altura femenino. Es croata y es guapa, pero con una belleza dañina, violenta, brusca, casi suicida para el que la contempla. No resaltaré su tipo porque para saltar altura hay que tener buen tipo. Nada que ver con las cinturitas de las lanzadoras de lo que sea, peso, martillo o disco. Las saltadoras de altura son todas esculturales pero de la escuela actual, nada del clasicismo griego ni de las formas rubensianas.
Lo que resalto es su corte de pelo cortito con una trencita que enmarca su frente para dar un toque femenino a un peinado fundamentalmente cómodo como corresponde a la actividad que le da de comer. Y sobre todo esa expresión enfadada, siempre enfadada con el mundo y consigo misma. Una expresión que dice claramente que ahí no hay nada que hacer; ni el amor platónico está permitido. A ella, a la diva, no le da la gana. Por eso no queda más remedio que enfrentarse al abismo más profundo y caer rendidamente enamorado de Blanka.
Obviamente, la admiré en los recientemente clausurados "veinteavos" (Montilla dixit) campeonatos europeos. Pero algo había pasado. La barbilla, de tanto estar enfadada, se le había afilado y resultaba excesivamente prominente. Había perdido ese punto de maldad magnética que tenía hasta ahora. Su rostro ya era duro como el granito y a cada salto se iba enfadando más a pesar de que, una vez más, ganó el concurso. Pero la magia parecía que había desaparecido. Tanto que estuve buscando una alternativa y la sueca Emma Green era la más firme candidata. Alta, simpática y humana. Rubita para más señas.
Así que andaba yo debatiéndome entre la traición manifiesta a Blanka y la búsqueda de las características que me hicieran admirable a Emma, cuando acabó el concurso. Se mascaba la tragedia porque me quedaba sin saber de quién estaba perdidamente enamorado hasta que el periodista de televisión española que estaba en la zona mixta paró a Blanka para entrevistarla.
Fue definitivo. Le hizo una pregunta chorra, tópica, como todas las que se hacen habitualmente y Blanka en un inglés que se entendía se puso a hablar y hablar y hablar. Hablaba al periodista, pero se hablaba a si misma y hablaba y hablaba y no paraba de hablar. Descubrí que mi diosa era humana, femenina; en una palabra, adorable y se me olvidó que la barbilla se la había pronunciado y que estaba siempre enfadada. Ahora todo cuadra y se explica y tiene sentido: es femenina.
¡Qué alegría! Las cosas volvían a estar en su sitio y Emma, perdona bonita, pero tendrás que esperar....