Cómo cambiaron las cosas!

Imagen de Arturo

Yo he sido un gran consumidor de música, aunque ahora #nomedalavida.

Mis primeros recuerdos se remontan a cuando mi padre traía a casa algún single de Los Tres Sudamericanos, Domenico Modugno o incluso The Beatles. En realidad eran discos de la familia, pero dada su "modernidad" acababan bajo mi control.

Más adelante y gracias a Radio 3 y a un radiocassette, grababa cintas marca Agfa, con carcasas de colorines y coleccionaba deficientes grabaciones de grupos de mi gusto y jazz, bastante jazz.

Empecé a tener dinero propio y todos los sábados por la mañana visitaba una tienda cuyo nombre no recuerdo. Estaba en la calle de Enmedio y la dirigía Paco, el padre de mi actual peluquero. Le ayudaba una dependienta la mar de simpática y, como ya me tenía cogido el punto, me guardaba algunos LP's que consideraba que me gustarían. Acertaba más de lo que mi bolsillo podía, pero era raro el sábado en que no me llevaba a casa algún disco. Eran buenos ratos, charlando, oyendo discos y comentando con otros clientes.

Acabé con más de 350 LP's que todavía tengo en casa, así como los arreos para hacerlos sonar. No en vano, la última aguja de diamante me costó hace varias glaciaciones la friolera de 5.000 pesetas y 3 semanas de búsqueda. Acompañaba el conjunto una buena platina de cassettes, formato este que solo aportaba comodidad si todo iba bien; el resto eran inconvenientes y el mayor era el maldito efecto copia por el que cada vez que copiabas algo perdía calidad.

Pero eran portables, pasaban del coche al walkman. Nunca un invento tan imperfecto dio tanto de sí.

Y apareció el CD. ¡Cómo nos sacaron el dinero! Algo que costaba céntimos se vendía por un dineral. Pero qué bien sonaban! Y que bien sonó la posibilidad de copiarlos hasta el infinito sin perder ni un ápice de calidad. ¿Os acordáis de las tiendas de alquiler de discos que bajo la forma de asociaciones culturales se habían creado para piratear novedades a un precio módico?.

Qué bueno el CD, que delgado, qué plano. En uno de esos archivadores para el coche o para el disckman cabía una enormidad de música. Parecía definitivo, pero tenía en su alma el germen de su final: Nos estaban dando el original de la música y se podía reproducir en nuevos originales. La informática se lo cargó.

Se inventó el ripeo, el mp3 y todos los demás codecs, lossless o no, que nos permitían meter en un sólo CD diez o doce originales. Así que ahora el archivador del coche reunía música para pasar el resto de tu vida, y era mucha todavía.

Los discos duros empezaron a bajar de precio y aumentar en capacidad. Se hicieron externos y multimedia y nos dedicamos con ahínco a llenarlos de música en cantidades más que industriales. Nuevamente nos equivocamos porque internet ya había asomado la nariz y todo lo que hicimos hasta ahora fue un error de cálculo, un afán de posesión, una inutilidad.

Spotify, Grooveshark y mi favorita hoy (mañana será otro día y cada día tiene su afán) 8tracks nos dejan en el ridículo más espantoso. No necesitamos nada, ni más aparatos, ni más soportes, ni más índices, ni más ripeo, ni más metatags ni más nada. Allí está la música, cómoda, portátil, la que nos gusta, la que no conocemos. Simplemente suena y nos complace sin más engorro. La tenemos en el ordenador de sobremesa, en el portátil, en la tableta y en el smartphone. Cualquier día estará en el reproductor multimedia del salón o en el propio televisor y no lo está por falta de fondos, no por falta de tecnología.

Ahora tenemos la casa llena de escombros que solo servirán para el día en que se corte el ADSL, pero ese día no podremos oír música porque estaremos tan desesperados y tan desamparados que no serviremos para nada.

Y lo dicho para la música vale para el cine, vale para la radio y vale para la televisión. Incluso para la prensa. Es desconcertante.

#nomedalavida y me preocupa. Hoy he leído un artículo en un periódico digital que dice que la lectura en un medio electrónico reduce la capacidad crítica y la de reflexión. ¡Encima!. Es desconcertante.