
Ingredientes:
1. Hace unos años, un ejecutivo de un cliente barcelonés me sorprendió cuando me dijo que su familia tenía un apartamento en Peñíscola y que pasaba allí algunos días del verano. El verano siguiente a esa conversación, fui a visitarle y a cenar con él y su mujer. Hacía mucho tiempo que no iba a Peñíscola en plena canícula y me resultó horrorosa y agobiante, tanto, que a modo de disculpa le conté a mí ya amigo que recordaba haber pasado por el itsmo que lleva al peñón cuando aún no había casas en todo su recorrido.
Lo cierto es que resultó difícil de creer. Ahora ni se adivina que allí hubo un itsmo estrecho, como debe ser un itsmo. Hasta yo mismo lo dudé muy seriamente y llegue a creer que no hubiera sido una invención bien intencionada.
De hecho, en la siguiente visita a Peñíscola, fuera de temporada, aquella en la que Neptuno puso sobre una fuente demasiado pequeña –pese a ser la más grande disponible– una magnífica lubina de la que no me olvidaré nunca, no mencioné la historia del itsmo a mis amigos comensales.
2. Hace nada, otro buen amigo me enjoyó las manos. Entre esas joyas está un libro titulado “Peñíscola: Imágenes para recordar” y cuyo autor es su padre, Nicolás Sánchez Calvo, publicado por la Diputación de Castellón.
Ese libro demuestra que en 1.951 el itsmo existía tal y como yo lo contaba y que por lo menos hasta 1.961, cuando se rodó allí la película “El Cid”, era bastante cierta mi afirmación.
Aunque yo creo que no fui a Peñíscola por primera vez hasta la segunda mitad de la década de los sesenta puesto que mi padre no tuvo el 600D hasta entonces, me parece que se puede dar por bueno mi recuerdo.
3. El libro en cuestión tiene varios prólogos y precisamente en el de mi benefactor Pepe Sánchez aparece una cita que es la yerbabuena de este cóctel:
“La fotografía tiene para mí un significado claro: la añoranza del tiempo que pasa y la exigencia de arrancar al olvido los instantes fugaces de la vida”. Jean-Loup Sieff
Elaboración:
Métanse los ingredientes en la coctelera del alma, agítese brevemente –que al alma no le sienta bien la agitación– y viértase el contenido en una copa de nostalgia.
El saber que uno no ha perdido la memoria no impide que la añoranza de la que habla Sieff duela como solo duele la añoranza.
Disfrute. Es el principio de la depresión.
PS. Y por si fuera poco, me tropiezo con Joan Fontcuberta: http://vimeo.com/34226838